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diciembre 16, 2020
María Paz Borja

¡Hola! Me llamo Paz Borja, nací en Quito, Ecuador y tengo 28 años. Soy psicóloga clínica y preparadora física. Pero detrás de mí orientación vocacional, como en muchos casos, existe una historia que contar.

Mis problemas en relación a la autoestima comenzaron cuando yo era una niña. La idea de no ser lo suficientemente delgada y bonita se fue, poco a poco, entrometiendo en mis pensamientos sin que yo me diera cuenta. La gran mayoría de mujeres a mi alrededor, parecían tener también una especie de obsesión alrededor de este asunto. Podía sentir su frustración y rechazo hacia sus cuerpos, las veía hacer una dieta tras otra, utilizar productos quemadores de grasa y pasar horas y horas en una caminadora. En ese entonces, como es natural, no contaba con las herramientas necesarias para trabajar en mis inseguridades que crecía descontroladamente frente a ese yo ideal que había construido en base a los estándares sociales que había internalizado. Así que con los años esta idea se fue reforzando hasta llegar a convertirse en una profunda creencia. Crecí creyendo que para ser aceptada por los demás tenía que “ser” flaca. Digo “ser” porque mi identidad y seguridad en mí misma comenzaron a construirse especialmente alrededor de la autoimagen; esa fotografía interna, positiva o negativa, que tenemos de nosotros mismos y que va más allá de las características físicas disponibles a la vista, pues está estrechamente influenciada por la internalización de los juicios que hacen los demás sobre uno mismo.

Hacer dieta es un problema cultural sobre todo entre las mujeres. Un problema que por lo general comienza en la adolescencia, una etapa especialmente crítica en el proceso de maduración. Nuestra sociedad alaba ciegamente la delgadez y elogia indistintamente a quienes pierden peso y, la adolescencia, es una etapa que, entre otras cosas, se caracteriza por la búsqueda de identidad, de aceptación y pertenencia, por lo que nos volvemos espacialmente vulnerables ante a los ideales sociales. Yo no fui la excepción y, seguramente debido a ciertos rasgos de mi personalidad, como la obsesión o el perfeccionismo, las cosas se me fueron de las manos. Con los años fui desarrollando un trastorno de la conducta alimentaria que desembocó en una anorexia tan fuerte que puso en riesgo mi vida. Midiendo un 1.68 cm, a los 14 años, llegue a pesar 36 kg. Después de algunos años y de haber atravesado por un sin número de terapias psicológicas y de tomar una gran variedad de medicamentos psiquiátricos, adquirí algunas herramientas y logré recuperar mi peso, pero mi trastorno simplemente tomo otra forma. Comencé a tener atracones de comida y pasé del control absoluto a un completo descontrol. Y aunque después entendí que esto no era sino una respuesta normal de mi cuerpo frente a la inanición por la que había atravesado, mi vida siguió girando alrededor de la comida.

En la universidad decidí estudiar psicología en busca de respuestas. Dediqué la mayor parte de mi carrera universitaria a estudiar y tratar de entender los trastornos de la conducta alimentaria. Encontré algunas respuestas, pero mientras más indagaba sobre sobre su etiología, más confundida me sentía. Con el tiempo entendí que quizás estaba buscando con el lente equivocado y que, bajo la lupa del trastorno, el diagnóstico y la enfermedad mental no iba a encontrar eso que tanto anhelaba. Así que decidí tomar otro camino. Uno que siempre estuvo ahí, pero que había olvidado. Me alejé de la psicología por un tiempo y volqué mi atención hacia el movimiento, el cuerpo humano, sus sistemas, sus funciones y procesos.

A través del estudio del cuerpo y el movimiento, pude resignificar muchas cosas. Comencé a mirar al cuerpo, no como una forma estática y estética, sino como un continuo devenir; como una forma viva en constante transformación que hace posible mi existencia y que guarda en sí mismo su propia sabiduría. Aprendí a valorar mi cuerpo por las razones correctas y solamente así comencé a respetarlo. Por primera vez entendí esa conexión mente-cuerpo de la que tanto había escuchado hablar, porque la sentí.

Este cambio en perspectiva, junto con la transformación de mis valores alrededor de mi cuerpo, fue lo que me permitió darle un sentido y otorgarle un propósito a mi experiencia.

Aunque la motivación se fue transformando en el camino, a lo largo de mi vida he mantenido un estilo de vida activo, practicando y aprendiendo de varias disciplinas deportivas. He practicado atletismo, ciclismo, fútbol, natación, levantamiento olímpico de pesas y ahora llevo 6 años haciendo CrossFit. El deporte para mí, siempre representó un espacio de recreación, un espacio de diversión y máxima expresión.

El deporte me ha ayudado a forjar disciplina, constancia, resiliencia, eficacia y autoestima. A través del deporte pude cambiar por completo la forma de relacionarme con mi cuerpo y con la alimentación. Me hizo entender y respetar los procesos, y me mostró que la “fuerza” no está cuánto peso puedes levantar sino en todo el trabajo y dedicación que se esconden detrás.

Me reta cada día a vencerme a mí misma, me obliga a salir de mi zona de confort y a controlar mi mente. Me enseña a no rendirme, a creer en mí, a ser paciente, a estar en el momento presente y a valorar mi cuerpo, la salud y la vida.

El deporte para mi es mi herramienta, mi terapia, mi estructura interna.

Ahora entiendo que no “tenemos” un cuerpo, “somos” un cuerpo. Un cuerpo vivo y perfecto, que no se nutre únicamente a través del alimento, ni se hace fuerte solamente a través del ejercicio. Entiendo que mi realidad física, incluido mi cuerpo, tomará la forma que le dicten mis pensamientos y que al final, yo soy el reflejo de mi realidad mental y espiritual, de la historia que me cuento a mí misma, de mi diálogo interno. Pensar así me hace la única responsable y, a la vez, me empodera y me devuelve el control sobre mi vida.

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