De la inanición al atracón; más allá de tu fuerza de voluntad, tus vacíos emocionales y tu autoestima.
febrero 5, 2021
María Paz Borja

Hello team! Yo de nuevo por aquí, feliz de poder compartir contigo algunas de las herramientas que he adquirido con los años a través de mi experiencia alrededor de la psicología, la alimentación, el cuerpo y el movimiento. Hoy quiero contarte por qué la terapia psicológica convencional no fue necesariamente lo que me ayudó a superar mi trastorno alimentario y ofrecerte una perspectiva alternativa, basada en la neurociencia y el cuerpo humano y no tanto en el psiquismo y la emoción.

Como te conté en el entry anterior, cuando yo tenía 14 años me diagnosticaron con anorexia nerviosa y entré en el sistema de salud mental. Mientras duró mi tratamiento psicológico, mi condición comenzó a tomar otra forma y pasé del control absoluto a un completo descontrol. Sé que todos nos permitimos ciertos excesos y comemos de más de vez en cuando, pero lo que yo comencé a experimentar era distinto. Entraba en una especie de trance y, completamente a escondidas, comía cantidades absurdas de alimento sin si quiera saborear o masticar completamente. Era una cuestión súper vergonzosa porque no podía controlarme. Sentía que no podía parar de comer, no hasta quedar completamente empachada y adormecida.

Cuando le comenté lo que me estaba pasando a mi terapeuta, me conestó que yo estaba “coqueateando” con el trastorno. Los atracones de comida comenzaron a ser cada vez más frecuentes y en terapia lo que hacíamos era buscar descubrir aquel vacío emocional que yo estaba tratando de llenar con el alimento. La comida era solo el síntoma de problemas psicológicos y emocionales mucho más profundos. Trabajamos en mi autoestima y en mi imagen corporal, en mis pensamientos obsesivos alrededor de la comida, en mis emociones, en mis conflictos familiares, en mis habilidades sociales y en mi asertividad. Nada parecía dar resultado y yo comenzaba a pensar que estaba dañada por dentro. Comencé a notar que en realidad mis atracones no necesariamente se disparaban por una pelea, un disgusto, alguna frustarción o un mal día. Mis atracones no estaban directamente relacionados a mi capacidad de regulación emocional, mi autoestima o mis heridas del pasado. Esta urgencia por atiborrarme aparecía casi siempre sin previo aviso…

A pesar de todo el trabajo interno que hice y de todos los terapeutas a los que visité, mi trastorno por atracón duró muchos años más y, como era de esperar, terminó afectando también mi salud física. Desarrollé gastritis y una hernia hiatal, que es básicamente cuando una parte del estómago sobresale a través del diafragma hacia el esógafo. Desde entonces tengo esofagitis, porque esa válvula que mantiene el contenido ácido del estómago fuera del esófago no me funciona. Es súper doloroso y absolutamente incómodo. Para este punto, ya me estaba dando por vencida. Me sentía débil de carácter y sin fuerza de voluntad… Completamente frustrada, dejé de ir a terapia. Sospechaba que estaba buscando en el lugar equivocado y pensaba que, si quería poner fin a mi comportamiento alimentario compulsivo, más que entender mi mente, tenía que entender mi cuerpo.

El apetito y el hambre se gobiernan de forma inconsciente. Nuestro cuerpo tiene una variedad de circuitos nerviosos de retroalimentación que nos avisan gradualmente cuando es hora de volver a comer y que rastrean lo que sucede a nuestro alrededor y dentro de nosotros mismos, físicamente hablando. Estos circuitos biológicos son lo que conocemos vulgarmente como “instinto”. La voluntad y el instinto son dos procesos psicológicos básicos del ser humano. Ambos funcionan como fuerzas motivacionales que dirigen nuestra conducta y que nos invitan a pensar en el dualismo mente-cuerpo del que tanto se ha hablado. La voluntad, por un lado, es una aptitud consciente; es la capacidad de decidir y ordenar nuestro comportamiento, mientras que el instinto se expresa en nosotros a través de reflejos fisiológicos, naturalmente inconscientes, que explican la conducta adaptativa y aseguran nuestra superviviencia.

La anorexia nerviosa es una condición en la que la voluntad aparentemente parece haber acabado con el instinto de conservación. En un mundo atestado de excesos, por voluntad propia, el sujeto literamente se está matando de hambre. Lo que yo no sabía y nunca nadie me dijo es que nuestro cerebro animal (un conjunto de estructuras subcorticales) interpreta a las “dietas” como una amenaza para la supervivencia, incluso si no son tan restrictivas como para poner en riesgo la vida. Lo que sucede es que las dietas crean una situación de escacez falsa y nuestro cerebro la reconoce dando la orden al resto del cuerpo de entrar en “modo supervivienica”.

El hipotálamo es probablemente la parte más dominante del cerebro animal porque tiene conexiones neuronales complejas con otras partes del cerebro, lo que le da una increible influencia en nuestra regulación emocional y del comportamiento. Dentro de sus principales funciones se encuentran la regulación de la conducta alimentaria, la temperatura corporal, el control de la presión arterial y de la composición de electrolitos. Su trabajo es basicamente mantener un ambiente corporal interno relativamente constante; asegurar la homesotasus. La investigación alrededor de este asunto ha encontrado que diferentes partes del hipotálamo tienen efectos variables sobre la cantidad de comida que se ingiere. Estudios con animales de laboratorio han demostrado que la estimulación del centro de hambre en el hipotálamo aumenta las ganas de los animales por comer, mientras que destruir este mismo centro, provoca que el animal pierda por completo su apetito y se niegue a comer.

Aunque ciertas regiones del hipotálamo tienen un papel importante en la regulación de la conducta alimentaria, no hay un solo centro del hambre en el cerebro, ni hay un solo neuroquímico que controle el apetito y la saciedad. Comer es un proceso complejo que involucra no solo al sistema nervioso central y periférico, sino que se ve impactado también por la época, la familia, la sociedad y la cultura, pero en mi caso, el simple hecho de entender una fracción de las funciones de mi cerebro respecto a mi alimentación me permitió recuperarme y quitarme de la frente esa etiqueta de “enferma mental” que venía pegada ahí desde hace tiempo.

Mientras más me informaba sobre nuestra evolución y la fisiología del cuerpo humano, la idea de que quizás no tenía que resolver todos estos asuntos psicológicos para poder “curarme” comenzó a hacer cada vez más sentido. Entendí que el trabajo de superación personal era importante pero no necesario para dejar de comer compulsivamente. Mi cerebro animal solo estaba haciendo su trabajo. Piénsalo, hace miles de años, tener un fuerte apetito en tiempos de hambruna cumplía un propósito adaptativo súper importante pues impulsaba a nuestros antepasados a consumir grandes cantidades de alimento con el objetivo de acumular reservas calóricas y así asegurar la supervivencia. Entendí, por fin, que mi primer atracón de comida fue una respuesta normal y adaptativa que tuvo mi cuerpo frente a la inanición a la que lo había sometido tanto tiempo y que no había nada “anormal” o “enfermo” en mis fuertes antojos de comida. El problema real es que todavía estamos programados genéticamente para protegernos cuando los alimentos escasean, pero esta rara vez es el caso para la mayoría de nosotros, por eso es que hacer dieta resulta en la mayoría de los casos tan peligroso.

Los trastornos de la conducta alimentaria, específicamente aquellos que tienen que ver con una compulsión hacia el alimento, guardan abundantes similitudes con cualquier otro tipo de adicción. La sensación de placer, el alivio inmediato del deseo y el efecto adormecedor que provocan grandes cantidades de azúcar y grasa puede ser ciertamente tan reforzador como los efectos que produce el consumo de alcohol o cocaína en nuestro cerebro. Mis primeros atracones de comida fueron con alimentos procesados, altamente calóricos y azucarados, y nunca, jamás, nunca, tuve un atracón con manzanas, zanahorias, brocolis o pollo cocinado. Lo que comenzó siendo una respuesta saludable y adaptativa, terminó convirtiendose en un mal hábito que, como cualquier otra adicción, me hizo mucho daño.

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